miércoles, 26 de noviembre de 2008

Un hombre gana un millón y se suicida


[En el primer párrafo se presenta el argumento —proporcionado por Chéjov— que luego no se desarrollará en todo el texto]


Un hombre va al casino. Gana un millón. Vuelve a su casa y se suicida.

Pero veamos que para suicidarse en su casa, primero tuvo que haber adquirido una casa. Y para adquirirla hace falta dinero, descontando la posibilidad remota de que este hombre fuese un ladrón, usurpador de casas, asesino de propietarios o martilleros públicos; o dueño de una inmoviliaria o de la bolsa de valores de Nueva York. Ahora, casi sin pensarlo demasiado, por simple inmediatez, caemos en la cuenta de que una casa, si es en Occidente, es una casa; pero si es en Oriente, se trata de otra cosa, de un templo, de un recinto para el cultivo del alma, de un engranaje en el conflictivo aparejo de la vida, de un reloj que mide los nanosegundos del cuerpo con vida; pero acá es distinto, una casa es una casa y se termina; vale por lo que ves no por lo que no ves. Mientras en Occidente una casa debe ser una casa, en Oriente es un médium. El materialismo de Occidente suele oponerse al idealismo oriental. La lucha hoy por hoy, aquí y ahora, es por la vivienda. Oriente es indescifrable: descalzarse frente a los dueños de casa es una grosería. El hombre de que hablamos no resistiría el animismo oriental; ergo: el hombre era occidental.

Para hacerse de la vivienda a la que vuelve y en la que se suicida, luego de haber ganado un millón en el casino, el hombre debía ser consciente de que en Occidente las casas se cotizan en euros. Tener una casa antes de hacerse millonario es, tal vez, con la ayuda de cálculos y probabilidades, una quimera. Pero pongamos por caso que la casa a la que el hombre vuelve luego de haber ganado un millón en el casino estaba de remate, porque otro pobre tipo no había podido pagar los impuestazos. Un amigo martillero, unos pocos billetes y me quedo con la casa. La casa del hombre que se suicida ya es suya. Pero si ya había tramado el suicidio deja de ser una casa; no es, como en Occidente, una casa para vivir, sino que es un simple soporte material para urdir quizá una venganza o una despedida: la casa es, así, médium, como en Oriente. Pero no es en Oriente donde el hombre se suicida, es en su casa; y si es en su casa debe ser en Occidente, porque sólo en Occidente hay casas, en Oriente hay barcos que te llevan hacia la plenitud del alma.

Ahora vemos que el hombre que se suicida en su casa, luego de haber ganado un millón en el casino, no puede ser un dueño de algún medio de producción, porque en ese caso su suicidio habría sido en Oriente, donde la muerte de un hombre es signo de que todo marcha sobre ruedas; y todo dueño de algún medio de producción siempre quiere ver marchar todo sobre ruedas. Un hombre suicidándose en su casa, luego de haber ganado un millón en el casino, es una escena occidental, donde la casa y el casino son las dos viviendas dignas para el capital financiero que especula desalojar a la gente simulando un suicidio.

Pero, en definitiva, el hombre que se suicida en su casa, luego de haber ganado un millón en el casino, ¿por qué se suicida?; ¿habrá entendido acaso que ganar un millón es ganar un millón de especulaciones en la bolsa de valores, y no habrá resistido tener que fragmentar su vida en las cuotas que le pagan los representantes de la sociedad?; ¿o tal vez comprendió que ganarse un millón es perderse un millón de ofertas posibles, lo cual lo vuelve un ente incapaz de solventarse a sí mismo con el trabajo que hace dignos a los hombres?

Sea como fuere, el hombre que se suicida en su casa, luego de haber ganado un millón en el casino, sea en Oriente u Occidente, es un afortunado.

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